ADICCIÓN AL INTERNET

7 jul

enterapiapsicologica@gmail.com

Tania Estrada. Adicción al Internet. En: Toda mujer.

Profesión mujer. Tecnología. 1 de Julio de 2007.

La adicción a Internet es un fenómeno socio-cultural que genera una gran inquietud a nivel mundial y que acaba de alcanzar la categoría de problema psicológico.

Uno de los principales problemas con el que se han enfrentado los especialistas es en cómo deben nombrar a este nuevo fenómeno, que pareciera ser una especie de monstruo global que reclama su propio nombre. 

¿Adicciones on line?, ¿Trastorno de Dependencia al Internet?, ¿Trastorno por el uso patológico de Internet?, ¿Síndrome de Toxicomanía de Internet?, ¿Enfermos de la Red?, ¿Netaholics?

Dentro de este contexto, se comenzó a detectar una preocupación cada vez mayor por el incremento en el exceso de Internet y uno de los primeros síntomas de dicha preocupación fue la formación de diversos grupos de Ayuda para controlar la adicción.

La Asociación Americana de Psiquiatría le dio el reconocimiento oficial al trastorno, por lo que actualmente se le considera como una adicción que debe ser tratada, para lo cual solicitó la colaboración de la Dra. Young (Psicóloga de la Universidad de Pittsburg y fundadora del Centro para las Adicciones on-line), considerada actualmente una experta en el tema.

¿Cómo saber si un individuo es o no adicto?

Para determinarlo es importante establecer un diagnóstico diferencial y el grado de su adicción.

En 1996 la Dra. Kimberly Young, lo catalogó como “un trastorno en el control de los impulsos que no se debe a una sustancia tóxica”.

Y estableció las fases de dependencia:

- Fase de Tolerancia. Donde se da un aumento insatisfactorio de la dosis.

- Fase de Abstinencia. En las que el paciente sufre de Irritación y Ansiedad ante los intentos de interrupción del satisfactor.

- Acceso por períodos cada vez más prolongados.

- Esfuerzos infructuosos de limitar el uso.

- Inversión de mucho tiempo en actividades relacionadas con el uso de internet.

- Abandono o reducción de actividades profesionales, lúdicas o sociales.

- Persistencia en el uso a pesar de los problemas físicos, sociales, profesionales o psicológicos causados por el uso.

¿Cuáles son los síntomas?

Algunos de los síntomas característicos del adicto pueden dividirse en tres grandes áreas:

1- Síntomas psicológicos:

Un sentido de euforia o sobre satisfacción al estar conectado al Internet, Aumento en la necesidad de estar conectado a la computadora, Sentimiento de vacío, depresión e irritación al no estar conectado, Inquietud o irritabilidad ante el intento de reducir o finalizar el uso de internet.

2- Síntomas Físicos:

Síndrome del Tunel de Carpio o Carpa tunnel syndrom, Ojos resecos, Migrañas (dolores de cabeza), Dolores de espalda, Hábitos alimenticios irregulares (saltan comidas), Perturbación del patrón de sueño.

3- Síntomas sociales:

Rechaza el contacto con familia y amigos, Mienten a sus familiares, amigos y compañeros de trabajo sobre el tiempo que dedica a navegar. 

¿Cuáles son los tipos de adicciones en el Internet?

En el siglo XXI las adicciones al internet pueden dividirse en 4 grandes áreas:

1- Adicciones a relaciones cibernéticas, como amistades hechas en línea o chat manía.

2- Compulsiones en la Red, que pueden manifestarse como compras compulsivas en subastas On-line, apuestas en la red, juegos de azar y jugar a la bolsa.

3- Adicción Cibersexual. Esta adicción tiene una gran cantidad de variantes, como el Cibersexo, la Pornografía, los Chat rooms, entre otros.

4- Adicción a la sobreinformación, la cual se caracteriza por una búsqueda exagerada de información (bases de datos o programas), e instruirse todo el día bajando música, conocimientos, entretenimiento, deportes, o noticias relativas a artistas.

Ahora bien, ¿Cuál será la mirada psicoanalítica hacia el fenómeno?

 

En cuanto al Chat y las relaciones sociales, pueden ser catalogadas como Trastorno de Personalidad. Cabría preguntarse entonces, ¿Cómo son las relaciones Virtuales? Psicoanalíticamente podría explicarse dentro de la modalidad de relación pregenital, que se establecen sobre las Identificaciones sobre un rasgo; como fantasear con diferentes identidades. 

 

En el caso de las compras compulsivas por subasta, éstas se catalogan como un Trastorno Obsesivo-compulsivo. Las apuestas, los juegos de azar y el juego a la bolsa por internet, son clasificadas, como el Juego Patológico: “es un comportamiento desadaptativo, persistente y recurrente, que altera la continuidad de la vida personal, familiar o profesional”.   

 

Por su parte el Cibersexo se puede clasificar como parte de los Trastornos sexuales, entre los que podemos mencionar:

 

Disfunciones: en el deseo, en el ciclo de respuesta sexual y que causa problemas interpersonales.

Parafilias: son impulsos sexuales recurrentes que conllevan a un deterioro en la esfera social y laboral

Trastorno sexual no especificado: cualquier desviación de la función sexual no considerada en las anteriores.

El cibersexo lo podemos entender como una perversión y sociopatía.

 

Por su parte, la búsqueda de información excesiva puede explicarse como un Intento de aplacar una duda o mantener el control, ya que aumenta la conciencia de TODO lo desconocido que falta por descubrir. Este comportamiento, en el cual el sujeto es incapaz de controlar su necesidad de obtener información, puede deberse a un bajo control de los impulsos; es decir, “dificultad para resistir un impulso, una motivación o una tentación”.  Caracterizado por una relación directa entre la tensión que genera la búsqueda de información con la gratificación que se obtiene al conseguirla. 

 

La pregunta anterior nos plantea un problema central: ¿Es ésta una nueva patología o se trata de las mismas patologías desarrolladas en un nuevo medio, como el ciberespacio?

 

Resolver este problema nos llevará al planteamiento de un Modelo de Interpretación e Intervención para este tipo de adicciones.

 

Primero tenemos que establecer que esta adicción es un Síndrome, el cual se define como el “Conjunto de signos y síntomas que pueden ser compartidos por varias patologías”. Las cuales podrían ser: Narcisismo, Problemas de identidad, Personalidades “como sí”, Trastornos de personalidad obsesivo-compulsiva, Perversiones, Trastorno Esquizoide o Paranoide y Sociopatías. 

 

Después de este breve repaso por las adicciones cibernéticas podríamos hacernos dos preguntas fundamentales:

 

¿Se están generando nuevas adicciones?

¿Se fomenta la proliferación de ciertas adicciones o patologías?

La respuesta a ambas preguntas es que Sí.

Y cuando afirmamos que se está fomentando la proliferación de ciertas adicciones o patologías lo hacemos teniendo en cuenta que la implementación de nuevas tecnologías ha permitido la manifestación masiva de los comportamientos adictivos.

Para finalizar encontramos que los individuos con alguna adicción al internet, buscan la solución, paradójicamente, en la misma red que los atrapó.

 

Bibliografía

DSM-IV-TR. “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales”. Ed. Masson. Barcelona. 3era reimpresión. 2005

Echeburúa, Enrique. “¿Adicciones sin drogas? Las nuevas adicciones: juego, sexo, comida, compras, trabajo, internet”  Ed. Desclée de Brouwer. España. 1999.

Nardone, G; Cagnoni, F. Perversiones en la red. Las patologías de internet y su tratamiento. Ed. Integral. Barcelona. 2003

Nardone, G y Cagnoni, F. “Las Perversiones en la red. Las patologías de internet y su tratamiento”. Ed. RBA Integral. Barcelona. 2003.

Sennett, Richard. “La Corrosión del Carácter”. Ed. Anagrama. Barcelona. 8va. Edición. 2005.

Direcciones http:

http://www.laprensa.com.ni/cgi-bin/print.pl?id=enlamira-20000825-01

http://www.minsa.gob.pe/ocom/prensa/notadeprensa.asp?np_codigo=1810&mes=10&anio=2004

http://cibelhilerio.tripod.com/id24.htm

http://mensual.prensa.com/mensual/contenido/2005/11/25/hoy/vivir/412901.html

http://www.exitoexportador.com/stats.htm

http://www.psycom.net/iasg.html

http://www.adictosainternet.com/forms/3test1.asp  

Cuando el fútbol hace llorar de emoción. Dr. David Rosenfeld

30 jun

Estaba dando clases en la HEBREW UNIVERSITY y volvíamos en un auto en el camino a mi hotel.

Y haciendo señas en el camino para que los lleven vimos a tres soldados de Israel… es común que pidan aventon para ser llevados al cuartel, es común que hagan dedo para ser llevados al cuartel, eran tres soldaditos originarios de Etiopia… Israel, los saco del desierto de Darfur, como a cientos de miles de judíos etíopes todos se los considera judíos descendientes del rey Salomón y su esposa la reina de Saba.
Sigo con la historia, estos tres soldaditos etíopes le preguntan en hebreo al chofer de donde soy yo… y le contesta “es de Argentina…”
Los tres soldaditos saltando y gritando sacudían el auto saltando mientras gritaban “Messi… Messi… ¡Messi!”
yo les conteste: ¡Viva Messi!… ¡Messi!
Era el único lenguaje en común con estos judíos etíopes, los dejamos cerca del cuartel y el chofer me preguntó: “Ese señor Messi, ¿Es también psicoanalista?”
Oh la la, la la, le contesté: No es psicoanalista, pero el “Messi” alegra las almas mejor que muchos psicoanalistas
saludos. David

Dr. Hugo Lerner nos comparte esta excelente reflexión sobre el tema de la bipolaridad y nuestro quehacer analítico en la sociedad

23 jun

BIPOLARIDAD

Del fundamentalismo químico a la pérdida de la subjetividad 
Hugo Lerner

“En este momento de mi existencia, no soy capaz de 
imaginarme viviendo una vida normal sin tomar el litio y sin 
los beneficios de la psicoterapia. El primero impide mis 
seductores pero desastrosos estados maníacos, disminuye 
mis depresiones [...] Me frena, me vuelve más amable [...] 
me mantiene viva y no hospitalizada y hace posible la 
psicoterapia. Pero, de manera inefable, la psicoterapia cura. 
[...] Por otro lado, ninguna psicoterapia es capaz por sí sola 
de prevenir mis manías y mis depresiones. Necesito las dos 
cosas. Juntas forman una extraña pareja. A la primera le 
debo la vida; mis peculiaridades y mi resistencia, a esa 
única, singular y profunda relación llamada psicoterapia”. 
—(Jamison, 2006, Pág. 94)

Desde que tengo memoria y desde que comencé a navegar por los océanos a veces turbulentos de la salud mental, he sido testigo de diferentes diagnósticos “a la moda”. Comenzando con “es una histérica/o” (este mote delata mi edad, ya que 
prevaleció en los años setenta, y aun antes) o es “un psicópata”, título adjudicado a cualquier sujeto en que prevalecía la acción, como si toda acción fuese patológica. 
Sigamos: ADD, crisis de pánico, borderline, etc. Y ahora –o, mejor dicho, en los últimos tiempos– la bipolaridad ha inundado los diagnósticos como lo hicieron en otros momentos las etiquetas mencionadas. Esta suerte de exagerada ponderación resulta tan 
marcada que hasta ha invadido el lenguaje coloquial y periodístico. Ya no es extraño escuchar frases como “estamos metidos en una situación bipolar” y mucho menos afirmaciones livianas como “tal o cual es un bipolar”; todos estos juicios son emitidos 
por los medios informativos o incluidos en cualquier charla informal. Soy de los que piensan que los pacientes cambian, que cambia la subjetividad y que cambian los cuadros psicopatológicos. Pero esto no implica que los cambios produzcan generalizaciones desmesuradas que atentan contra la lógica y conducen a la pérdida de la singularidad de cada paciente. ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué tanta bipolaridad? ¿Es un producto de la época o un producto de las necesidades de la industria farmacéutica?

No sólo no niego la existencia de este cuadro clínico, sino que me parece indiscutible cuando se hace un diagnóstico correcto, con la consiguiente posibilidad de hacer uso de las herramientas terapéuticas disponibles para este tipo de patología. En todo caso apelo a la sensatez y sugiero tener cuidado para no caer en una catalogación compulsiva, que promueva la desubjetivación masiva. Esta suerte de introducción sólo intenta alertar sobre el problema de sobrediagnosticar o, según yo lo entiendo, de diagnosticar en sintonía con la época, una época, por qué no decirlo, en que la subjetividad del psiquiatra está atravesada por la propaganda y por los beneficios que los laboratorios farmacéuticos otorgan a los prestadores (viajes, regalos, inscripciones a congresos, etc.). Si ya resulta casi imposible mantener la “objetividad clínica”, con estas prebendas será más complicado conservarlaaséptica y será irremediablemente infectada. Pongo “objetividad” entre comillas porque en la clínica, como en cualquier quehacer humano, estamos atrapados por el contexto y nunca somos objetivos en nuestras consideraciones; nuestras propias subjetividades y 
contextos intervienen en cada una de nuestras observaciones, opiniones o aseveraciones. 
Por lo tanto, es preciso conocer bien las tramas que intervienen en nuestros testimonios clínicos. Y saber que a veces podemos equivocarnos. 
Cuando esto no sucede y suponemos que quien nos consulta está realmente atrapado en un trastorno bipolar, recurriremos a la psicofarmacología con la convicción de que es lo más correcto para ese paciente; pero en mi opinión, como en la de muchos 
colegas, debemos hacerlo con el necesario acompañamiento de un proceso psicoterapéutico. 
Los procesos bioquímicos tienen existencia, la biología ocupa su lugar: no hay duda de ello. El problema es cuando se hipertrofia una sola explicación monopólica que atenta contra la integración del conocimiento, en detrimento de una comprensión más 
abarcativa del sufrimiento humano. Me opongo a cualquier categorización monocausal y determinista que aleje al conocimiento del paradigma de la complejidad. 
Por ejemplo: tomemos la afirmación, por todos conocida, de muchos agentes de la salud mental e investigadores acerca de que el desorden bipolar es de causa biológica y el centro del tratamiento debe ser la psicofarmacología. A esta altura de los conocimientos, no pongo en duda las investigaciones que sostienen el origen genético de esta enfermedad y su correlato en las alteraciones bioquímicas que estarían en la base de este cuadro. Pero ¿cómo interviene en todo esto la historia individual, singular de cada sujeto? ¿O es que no interviene? Los psicofarmacólogos que aseguran que la psicoterapia es beneficiosa, ¿lo hacen convencidos o porque, a esta altura, negar los factores psíquicos los posicionaría en un lugar de anquilosamiento? De igual manera, los psicoanalistas que, atrapados en un pensamiento reduccionista, niegan los factores bioquímicos, ¿aceptan el valor de la biología persuadidos o con resignación? 
Ni una ni otra posición nos convocan para instalar una mirada amplia, generadora de apertura al diálogo.

Dialoguemos

“…Pero también dentro de nuestro quimismo 
propio deben de existir sustancias que 
provoquen parecidos efectos, pues conocemos 
al menos un estado patológico, el de la manía, 
en que se produce esa conducta como la de 
alguien embriagado, sin que se haya 
introducido el tóxico embriagador”. 
— (Freud, 1930, pág. 78)

Me preocupa la divulgación que tienen en los medios muchas afirmaciones que, al ser leídas por los pacientes o sus familiares (y, más aún, por los colegas), los lleva a adherir a posiciones inexactas en el mejor de los casos, cuando no iatrogénicas. 
Según un estudio realizado por el “Programa de Trastornos Bipolares de la Fundación Favaloro”, se comprobó que el “despertar” (así lo llaman) de este trastorno bipolar, que sería hereditario, estaría determinado por experiencias tan tempranas como 
el parto y “factores del medio ambiente aún por identificar”. (La Nación, 10 de mayo de 2008). Por lo que he leído en otros artículos de divulgación de esta Fundación, centran la indicación terapéutica en la psicofarmacología, aunque no descartan la psicoterapia. 
Primer interrogante: ¿de qué manera influye en este “despertar” la experiencia del parto? ¿Será porque se alteran los neurotransmisores o porque, como diría Freud, la cantidad de energía que se moviliza en ese momento es tanta que el aparato psíquico no puede tramitarla y se vuelve traumática? No tengo respuesta. 
Segundo interrogante: Si en el “despertar” hay factores del medio ambiente “aún por identificar”, ¿cuál sería la explicación? Si aplicamos conceptos como la influencia del medio ambiente que plantea Winnicott, lo contextual y lo histórico-social de Castoriadis, o incluso las series complementarias de Freud, no hay más alternativa que aceptar que en la bipolaridad, como en cualquier padecimiento humano, opera la multicausalidad. La biología ocupa un lugar, pero sin lugar a dudas los acontecimientos que atraviesa un individuo en su devenir aportan lo suyo. 
Este estudio afirma, por un lado, la etiología hereditaria y, por otro, insinúa el lugar que ocuparían lo contextual y lo singular en las explicaciones del “despertar” en estos cuadros clínicos. 
Gabbard (2002) señaló que la concurrencia de situaciones traumáticas (muerte de un pariente cercano, un asalto, divorcios, experiencias precoces de abuso, abandono o separaciones tempranas) puede generar una sensibilidad neurobiológica que predispondrá a los sujetos a responder a los estresores en la edad adulta de manera tal que aumente la posibilidad de que se despliegue un trastorno afectivo. 
Sigamos la discusión con otra postura polémica, usando un adjetivo respetuoso y siempre teniendo en cuenta que, como bien afirmó Freud en el epígrafe de este apartado, 
el “quimismo” ocupa un lugar. En otra nota aparecida en el diario La Nación que lleva por título “Cuál es la terapia correcta para el trastorno bipolar”, el doctor Nassir Ghaemi, director del Programa de Investigación en Trastorno Bipolar de la Universidad 
Emory (Estados Unidos), afirma muy taxativamente que con un estabilizante del humor –en especial el litio, que es el más probado–, un 33% de los pacientes con trastorno bipolar se curan y no tendrán ningún síntoma por el resto de sus vidas, mientras que con el resto habrá que usar dos o tres estabilizantes, en una combinación que será diferente en cada paciente y con la que pueden mejorar completa o parcialmente (La Nación, 13 de octubre de 2007). 
Ante la pregunta de la periodista acerca de si las psicoterapias son efectivas en el trastorno bipolar, este profesional afirma que sin los estabilizantes del humor, ningún otro tratamiento puede funcionar, y en el caso de que se adopte algún tipo de psicoterapia las más beneficiosas son la psicoeducacional, la conductual o la interpersonal. Aunque después, de una forma menos “científica”, termina diciendo que cualquier psicoterapia puede ayudar al paciente si el terapeuta sabe qué es el trastorno bipolar. 
Y aquí viene el punto más interesante –por lo menos para mí, que soy psicoanalista y también psiquiatra–. El Dr. Ghaemi comenta muy livianamente que si un psicoterapeuta con formación psicoanalítica “ve cualquier síntoma de manía como narcisismo y quiere hablar de lo que pasó con su madre y su padre, eso no va a ayudar al paciente bipolar. Pero si la psicoterapeuta sabe que es un episodio de manía o de depresión, y puede determinar si está relacionado o no con un problema de su personalidad, eso puede ser de ayuda para el paciente”. 
Sigamos. En el mismo diario y el mismo día, aparece otra nota, titulada “Los antidepresivos han derrotado a la psicoterapia”. En ella el doctor Ghaemi –ya a esta altura un osado opinólogo– concluye que: “El Prozac y las drogas antidepresivas han destronado a la psicoterapia de su lugar de poder. Hubo gente que no mejoró con años de psicoterapia y que mejoró con dos semanas de Prozac”. Estos dictámenes fueron realizados cuando el doctor Ghaemi nos visitó para participar de las XXV Jornadas Argentinas de Psiquiatría, que se llevaron a cabo en Buenos Aires en el año 2007. El periodista da cuenta en la nota de una charla que “este sólido pero a la vez polémico investigador” (según palabras del entrevistador) pronunció en la Universidad Favaloro con el título “La vida en la época del Prozac”, en la que planteó el impacto de los antidepresivos sobre la cultura y sobre las prácticas médicas. 
La cosa continúa: “Los antidepresivos no sólo mejoraron la depresión, sino que mejoraron la cotidianidad de las personas en una forma más profunda –señaló Ghaemi–. De ahí que haya mucha presión social para usar pastillas con el fin de mejorar los problemas de la vida de la gente”. 
Sigue diciendo: “Para mí el Prozac es un símbolo del impacto de la psicofarmacología en la cultura, que es tan grande como el que tuvo anteriormente el psicoanálisis. Estos fármacos afectan nuestra mente y pueden crear un hedonismo farmacológico, y eso no se ha discutido mucho entre los filósofos que hablan mucho de psicoanálisis, pero no de cómo han cambiado los fármacos nuestras vidas”. 
El doctor Ghaemi también es “experto en salud pública” de acuerdo a su curriculum, y declara: “En la actualidad tenemos cada vez más problemas de demencia, que se relacionan con la mayor longevidad de la población, y al mismo tiempo hay estudios que sugieren que es posible que dosis muy bajas de litio prevengan la demencia. Y entonces la pregunta es si, así como damos flúor para tener menos problemas dentales, no será preciso dar un poco de litio en el agua para disminuir el riesgo de demencia de la población”. 
Todas estas sentencias me generan preocupación y rechazo. Rechazo por la postura fundamentalista de alguien que genera opinión y es un referente de toda una línea de pensamiento que atraviesa el campo de la salud mental. No me voy a detener en los pronunciamientos fanáticos a ultranza, o al menos exagerados, en los cuales el doctor Ghaemi presupone que nuestra subjetividad solo estaría constituida por moléculas químicas o un conjunto de neurotransmisores. Repito, no me atascaré en planteos como: “Hubo gente que no mejoró con años de psicoterapia y que mejoró con dos semanas de Prozac”, o “Los antidepresivos no sólo mejoraron la depresión, sino que mejoraron la cotidianidad de las personas en una forma más profunda” . ¿Habrá leído este profesional Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y no entendió la metáfora? 
Tampoco le dedicaré tiempo a su aparente enojo con la filosofía por ocuparse del psicoanálisis y no de la farmacología, ni a su “gran idea” de que los proveedores de agua pongan litio en las cañerías para prevenirnos de la demencia. Elijo el potencial aplanamiento de mi corteza cerebral y seguir tomando agua natural. 
Lo cierto es que muchos pacientes leen esto. Me produce espanto, pero no paraliza mi deseo de generar un debate, aunque más no sea para deslegitimar sentencias vertidas como verdades únicas e irrefutables. 
Lo que quiero abordar es la afirmación de Ghaemi de que en los pacientes bipolares “la cura” se sustenta en la administración de estabilizantes, complementada más adelante con el reconocimiento de que las psicoterapias son efectivas… siempre y cuando no sean de orientación psicoanalítica, en especial si se interrogan acerca de la problemática narcisista. Aquí comienza mi indómito desacuerdo.

Una respuesta desde el psicoanálisis

“Retengamos, para evitar oscuridades: Sobre la 
base de nuestro análisis del yo es indudable que, en 
el maníaco, yo e ideal del yo se han confundido, de 
suerte que la persona, en un talante triunfal y de 
autoarrobamiento que ninguna autocrítica perturba, 
puede regocijarse por la ausencia de inhibiciones, 
miramientos y autorreproches. Es menos evidente, 
aunque muy verosímil, que la miseria del 
melancólico sea la expresión de una bipartición 
tajante de ambas instancias del yo, en que el ideal, 
desmedidamente sensible, hace salir a luz de 
manera despiadada su condena del yo en el delirio 
de insignificancia y en la autodenigración…”. 
—(Freud, 1921, pág-. 125)

Desde cierta perspectiva, puedo entender la postura del profesional recién citado, ya que plantea la cura sustentándola en la atenuación de los síntomas, mientras que el psicoanálisis es en este sentido un poco más ambicioso y cree que detrás de los síntomas hay un sujeto. Yo soy psiquiatra y psicoanalista y le concedo un lugar importante al uso de la psicofarmacología, ya que admito sin dudarlo su eficacia en el alivio del sufrimiento en muchos pacientes, y entonces digo sí a la medicación para atenuar los síntomas. Pero justamente allí donde Ghaemi formula su crítica irónica al psicoanálisis yo me detengo e instalo, justificadamente, la cuestión metapsicológica en los pacientes diagnosticados como bipolares. En efecto, es en la problemática narcisista donde el psicoanálisis debe entrometerse para instalar su saber en estos cuadros. Hablar de narcisismo en psicoanálisis no es hablar de lo que pasó con el padre o la madre del paciente, como sin conocimiento del asunto lo plantea este psiquiatra.

En estos pacientes graves, el narcisismo está convulsionado, qué duda cabe; ¿en qué patología grave no lo está? Sabemos que en estos cuadros está comprometido el yo, (o sea, el narcisismo) y, por lo tanto, el ideal del yo y la autoestima, sin dejar de lado el consabido lugar que ocupa el superyó, sobre todo en el polo depresivo, mientras que en el polo maníaco está muy implicado el yo ideal.Podríamos afirmar que en los momentos depresivos el yo ha dejado de ser amado por el superyó, y que el ideal del yo y el narcisismo están seriamente comprometidos en esta pérdida amorosa. Me atrevería a imaginar una secuencia de estas características: en los momentos en que la depresión ocupa el centro de la escena, con el consiguiente retraimiento, estos pacientes sienten, por ejemplo, que han perdido objetos especulares que narcisicen su yo; su superyó ya no quiere a un yo devaluado y tan alejado del ideal del yo; a partir de este interjuego se desprende que en el ciclo depresivo la autoestima está en baja. Cuando, en cambio, es la manía la que ocupa el centro de la escena, entra a cumplir un papel fundamental el yo ideal. “Y sobre este yo ideal recae ahora el amor de sí mismo de que en la infancia gozó el yo real –dirá Freud–. El narcisismo aparece desplazado a este nuevo yo ideal que, como el infantil, se encuentra en posesión de todas las perfecciones valiosas” (Freud, 1914, pág. 91). 

De esto último se desprenden las ideas de grandiosidad, la megalomanía y la autoestima elevada que invaden el pensamiento de estos pacientes.

El psicoanálisis como método terapéutico

“Resulta claro que el estudio de la enfermedad 
maníaco-depresiva se puede realizar de la 
mejor manera, obviamente, mediante el 
psicoanálisis de los pacientes que la 
padecen…” 
— (Winnicott, 1998, pág. 88)

Sin duda, cuando recorremos la psicopatología de los pacientes bipolares nos hallamos en el terreno del narcisismo. Desde esta perspectiva, podemos decir, con Hornstein (2006), que para que el paciente piense acerca de las causas que lo tienen deprimido o excitado es necesario el investimiento narcisista de su actualidad y también del futuro, de modo que el cambio y la alteración tengan sentido para él. Siguiendo a Piera Aulagnier (1985), diremos que un sujeto deviene otro si va aceptando que se descubre distinto del que fue y del que “debe advenir”. ¿Podríamos llamar a esto esperanza? ¿Se podrá lograr que la repetición instalada a modo de depresión o manía, solas o alternadas, se convierta en creación, en edición 3? 
La transferencia, poderoso motor de la terapia psicoanalítica, debería posibilitar que, al investirse una situación nueva, se tramiten y elaboren las viscosidades del narcisismo, esas que no le permiten al sujeto desprenderse de sus objetos y vínculos pasados y presentes. Dichos objetos y vínculos lo llevan a la repetición y hacen que el yo se defienda y luche por desprenderse de esa historia que lo aprisiona y atormenta. Vuelvo a la transferencia, o, mejor dicho, al analista que permite el investimiento desde un lugar distinto al que se despliega en otros vínculos. A mi entender, ese lugar no se da sólo en la abstinencia, concepto este que llevó a muchos analistas a convertirse en helados receptáculos de palabras que salían de un hablante y no de un sujeto humano. Me interesa permitir que el paciente construya para sí una historia diferente, que deje atrás la repetición y acceda a la creación de lo nuevo… ¿A editar lo que no fue editado?, ¿o tal vez a representar lo que no ha sido nunca representado? En fin, a generar una identificación diferente. Identificación con un modo de pensar y de pensarse, identificación con un yo distinto, al que le interesa crear y no repetir. ¿Acaso Freud no nos dijo que “El carácter del yo es una sedimentación de las investiduras de objeto resignadas, contiene la historia de esas relaciones de objeto” (Freud, 1923).

No soy ingenuo: muchos creerán que estoy disfrazando con mis palabras un modelo sugestivo. ¿Alguna vez no hay sugestión? Lo importante es que nuestra postura nos diferencie de una actitud intencionadamente sugestiva, porque los analistas planteamos la lucha contra los síntomas desde una actitud interrogativa. Estoy planteando una relación transferencial que incluya la historia, una historia identificatoria que abarque al analista que cree en la creación de lo nuevo, en la elaboración, en la posibilidad de cambio, en detener la repetición para recordar cuando se pueda, o para permitir o posibilitar el acontecimiento (Badiou, 1988), lo nuevo. Como dije alguna vez (Lerner, 2001), se trata de editar lo no editado, de editar y no de repetir. Aceptémoslo: a veces trabajamos per via di levare, otras veces per via di porre y, por qué no, per via di creare. En todo esto deberá estar presente la implicación subjetiva del terapeuta. Deberá “poner el cuerpo”. 
La implicación subjetiva se relaciona con el discurso y la actitud del analista. Siguiendo a Green, podemos decir que cuando falta la función ligadora de Eros, al observador/participante y activo que debe ser el terapeuta le toca establecer, con su propio aparato psíquico, los nexos faltantes. 
La historia que interviene no es sólo la del paciente, también abarca las vivencias del analista, y esto implica que se “pone en juego” la historia de este. El análisis no pasa sólo por “interpretar profundamente”. Green (2003) nos alerta al asegurar que esta postura puede representar una alimentación intelectual forzada y que puede llevar a un hambre de interpretaciones casi mórbida o en su defecto a una anorexia hacia el discurso del psicoanalista. 
Si hablamos de falta, no nos engañemos: algo debemos poner, ya sea por vía de la interpretación o de la construcción. Pondremos empatía, comprensión. Haremos comentarios y muchas veces indicaciones. Repito, si todo esto lo incluimos en un proceso elaborativo, de historización, de producción de subjetividad, no tengamos miedo de traicionar la teoría y práctica del psicoanálisis –por lo menos, las del psicoanálisis que tantos, como yo, hemos estudiado y practicado–. 
Si pensamos que en los pacientes bipolares están alterados el yo y el narcisismo (imposible pensar un concepto separado del otro), deberemos restaurar el narcisismo, el yo (Kohut, 1977). Desde este ángulo tiene coherencia sostener, prestar pensamiento, ayudar a simbolizar, a representar. Estos elementos dejan de ser meros derivados de la “intuición”. 
Freud nos enseñó que el analista debe aportar auxilio, hacer participar al yo debilitado en un trabajo de interpretación puramente intelectual, lograr que se nos 10 transfiera la autoridad de su superyó, alentarlo a aceptar la lucha en torno de cada exigencia del ello. Debe cumplir distintas funciones: ser una autoridad y un sustituto de los progenitores, ser maestro y educador (Freud, 1938) 
Gozamos de legitimidad (esto va dirigido especialmente a aquellos que temen ser acusados de heterodoxos). Debemos colocar en el centro de nuestras presentaciones clínicas conceptos como alentar, aportar auxilio, cumplir distintas funciones, fomentar la transferencia positiva, etc. Interpretamos, hacemos construcciones, pero también todo esto que señalé y que en algún momento fue dejado de lado, por lo menos en las presentaciones “oficiales”, para no ser tildado de un “técnico activo” (Ferenczi, 1988). Me gusta afirmar que atención flotante no es distancia y frialdad; prefiero hablar, con Piera Aulagnier, de implicación subjetiva con “teorización flotante”.

A modo de conclusión 
Como habrán notado, determinadas afirmaciones me perturban y sobresaltan; siento un gran temor ante la impunidad de algunos “referentes” de la salud mental que livianamente pronuncian sentencias absolutas y de la misma manera defenestran desde el desconocimiento otras formas del saber alejadas a las de ellos. En los intentos de desubjetivación de los pacientes “bipolares”, el termómetro marca temperaturas muy altas. 
La cruzada de los embajadores de la industria farmacéutica es compleja además de ser mundial; son adversarios duros, tenaces, empecinados e interesados. La historia de la salud mental lo sabe. 
Por lo tanto, creo que debemos confrontar: el silencio no es un mensaje, la indiferencia sí lo es. Esa indiferencia podría estar anunciando una cesión del terreno que durante tanto tiempo ha sabido ocupar el psicoanálisis; y si nos cobijamos en el “paraguas protector” de nuestras instituciones parroquiales, con la falsa idea de que “no tiene sentido enfrentarse”, dejamos vacíos de diálogo que no llevan a nada. En la pelea actual está incluida una lucha sorda, pero tenaz, por el dominio de la opinión pública y también la querella entre muchos colegas. 
Si no enfrentamos las creencias descarriadas y las advertencias apresuradas de muchos “especialistas en salud mental”, resultará muy difícil, si no imposible, generar un diálogo –no digo un acuerdo– que por lo menos intente arrimar alguna luz en medio 11 de estas tinieblas y tratar de eliminar la competencia desalmada que siempre se instala cuando se pretende ser portador de una única verdad. Desde el psicoanálisis, el tema no es colocar a la psiquiatría como un adversario al que debemos derrotar, ni caer en la suposición estéril de que en nosotros se concentra todo el saber. Estas actitudes, ejercitadas hasta la extenuación en muchos momentos de nuestra historia, no hicieron sino fortalecer los ya sólidos argumentos de los escépticos que descreen de nuestra disciplina. Entonces, digo no al encierro nostalgioso de una “primavera pasada” en la cual el psicoanálisis pretendía ser un discurso único, y digo sí a un intercambio con la psiquiatría que procure arribar a un conocimiento más profundo y ecuménico de la clínica en salud mental. 
Postulo que debemos abandonar la “comodidad” del reduccionismo y el determinismo para dejarnos penetrar por la “incomodidad” de la interdisciplina, la incertidumbre y el pensamiento complejo, como tan bien lo planteó Hornstein (2006). Ya lo he dicho: soy psiquiatra y psicoanalista, pero no soy fanático ni fundamentalista en ninguno de los dos campos. 
Digo, pues, sí a la biología y a la medicación, pero también al inconsciente, la singularidad, los vínculos, la implicación subjetiva, la historización, la elaboración, la edición de lo que no se editó, la constitución del yo y del superyó, y a todo el legado freudiano para afinar nuestro dispositivo terapéutico. 
Cualquier proyecto terapéutico psicoanalítico que implique una transformación del sujeto por vía de la producción de subjetividad incluye, invariablemente, un replanteo histórico del pasado que incluya el presente y el futuro. Esta postura de un psicoanálisis contemporáneo se sitúa muy lejos de prejuicios casi caricaturescos como los del doctor Ghaemi acerca de que el psicoanalista interpreta sólo el pasado con “papá y mamá”. Podemos caer en el fundamentalismo siendo psiquiatras, psicoanalistas o adeptos a cualquier otro modelo de la salud mental. Un modo de contrarrestar este peligro es aceptar con amplitud –no con una postura “seudoabierta”– el diálogo con otros modelos psicoterapéuticos y con la psicofarmacología. Pero para ello es indispensable que también los otros esquemas se avengan a discutir con un afán de apertura y no de cierre. Es cierto que el psicoanálisis privilegia la singularidad del sujeto, y esto puede ser entendido como lo opuesto a un modelo generalista de la salud pública, que instrumenta un modo de atención más anónimo, casi diría desubjetivado. Pues bien, yo creo que la herramienta psicoanalítica puede contribuir a pasar de lo singular a lo general. Comprender a un sujeto, sea que haya sido diagnosticado como bipolar o que le hayan 12 puesto alguna otra de las “etiquetas” habituales, ayuda a comprender a los demás. “Salvar a una persona es salvar al mundo”, señaló alguna vez Frieda Fromm-Reichmann.

Bibliografía

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Hornstein y otros (eds.), Cuerpo, historia, interpretación. P. Aulagnier: de lo originario al proyecto identificatorio, Paidós, Buenos Aires, 1991. 
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Frieda Fromm-Reichmann, citada en Gail A. Hornstein, Salvar a una persona es salvar al mundo. La historia de Frieda Fromm-Rechmann, una mujer que desafió a su época, Editorial Andrés Bello, Barcelona, 2001. 
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Winnicott, D. (1972) Playing and reality, Tavistock Publications, Londres. 
________ (1998) Acerca de los niños, Paidós, Buenos Aires.

Un paso adelante del adolescente. Manejo del pre-adolescente

12 jun

Con el objeto de darles “todo” y lo “mejor” a nuestros hijos empezamos a observar en ellos comportamientos que podríamos calificar de “tiranos” y lamentamos que “no valoren” lo que tienen ni lo que se les da.

Adelantarnos a la adolescencia implica trabajar desde ahora con los pre-adolescentes y empezar a cambiar las reglas de convivencia en la casa.

Hay 3 áreas a trabajar:

1. Conocer los cambios psicológicos que experimentan  nuestros hijos.Imagen

2. Entender cuales son nuestros temores como padres frente al crecimiento de nuestros hijos

3. Educarnos para Educar. Se ha observado que los padres tenemos dificultades para establecer limites congruentes y de forma constante, ya que ello requiere auto-disciplina.

A continuación veamos en que consiste cada uno: 

1. Conocer a nuestros hijos.

En la pubertad, que inicia entre los 9 y los 11 años, los retos psicológicos incluyen:

a) los físicos, donde destaca particularmente los cambios sexuales y el reajuste de la imagen corporal.

b) los cognitivos: caracterizados por el desarrollo de niveles de abstracción y emisión de juicios.

c) los emocionales: que apuntan hacia la capacidad de auto regular la auto-estima sin necesidad de estímulos externos y resolver el duelo por el cuerpo y los padres infantiles.

d) lo social: aceptación de reglas, mostrar empatía, ser capaces de acciones altruistas y establecer sentido de pertenencia con un grupo.

Sintetizando, uno de los logros más importantes de esta etapa es la activación de la función genital y la definición de la identidad de género.

Y el otro, es el inicio del proceso de separación emocional de los padres, donde la formación y aceptación del grupo es fundamental.

Estos dos logros tienen implícitamente la resolución del duelo que implica dejar de tener cuerpo de niño o niña para pasar a tener cuerpo de hombre o de mujer respectivamente, así mismo, despedirse de aquellos padres que el niño consideraba omnipotentes para reconocer que sus padres tienen fallas y que no lo pueden todo. Es decir, una visión más realista y menos idealizada de los padres.

Este fenómeno se observa cuando inician las comparaciones con los papás de sus compañeros, donde aquellos resultan más comprensivos y fuertes sea económica o físicamente.

2. Temores de los padres frente al crecimiento.

Destacan principalmente la actitud de negación, es decir no se acepta el crecimiento sexual del hijo y se piensa que “está chiquito”, otro que podemos observar es la sobre protección que se justifica con la inseguridad del mundo donde vivimos y por último, el temor a la separación que experimentan los padres cuando el hijo empieza a irse o a no necesitar tanto de sus padres. Los padres frecuentemente muestran actitudes como celos, se sienten desplazados por los amigos, y transmite de manera consciente o inconscientemente mensajes que aluden al hecho de que alejarse de los padres o de casa es peligroso y algo malo puede pasar.

Es importante reflexionar en estas actitudes ya que desalientan la autonomía y el crecimiento de los hijos volviéndolos inseguros.

3 Educarnos para educar. Poner limites.

Es importante cuestionar la creencia de que la “frustración” amenaza la auto-estima de los chicos y chicas o que el reprimir ciertos comportamientos los va a traumar. Me parece que en las últimas décadas se ha abusado de la creencia de que los niños y niñas deben expresar su opinión, ya que no se logra diferenciar entre opinar y hacer lo que el niño quiere. Los niños pueden opinar pero el adulto es quien decide que es lo mejor en determinadas situaciones.

Ante el comportamiento caprichoso, intolerante y egoísta de los jóvenes los padres acaban reaccionando con frecuentes explosiones. El establecimiento de limites claros ayuda a no enloquecer y a que los jóvenes entiendan que se espera de ellos y que conozcan las consecuencias tanto positivas como negativas de sus acciones, lo cual les permite tomar una decisión y asumir la responsabilidad de sus acciones.

He observado con mucha frecuencia que la dificultad para seguir los limites la muestran los padres más que los hijos, por ello es importante que los adultos logren auto-disciplinarse, lo cual requiere trabajo, conocimiento del método y muchas veces asesoría psicológica para padres.

(basado en Freud.S, Blos. P, Aberastury.A. y en la experiencia de la clínica)

Autor: Tania Estrada

Cita

Somatización

4 jun

“El que tenga ojos para ver y oídos para oír se convencerá de que los mortales no pueden guardar ningún secreto. Aquel cuyos labios callan, se delata con las puntas de los dedos; el secreto quiere salírsele por todos los poros”

Sigmund Freud

LA DANZA DE LA PSIQUE EN EL CUERPO 

Expresar un deseo ahogado o una tragedia silenciosa a través del cuerpo es poner en escena el psiquismo. Es actuar en el cuerpo lo que la mente calla. 

Toda vivencia interna y externa invade simultáneamente al soma y a la psique, el ser responde como un individuo (unidad indivisible) tratando de incorporar, asimilar y procesar la experiencia.

Cuando una situación resulta ser intolerable el sujeto se vive rebasado poniendo en marcha todos sus recursos para restituir la homeostasis de su ser, para lidiar con esta amenaza muchas veces la persona pierde su creatividad, su autonomía, su espontaneidad,  su capacidad de goce, es decir, enferma.

Desde la perspectiva psicoanalítica, la idea de disociación mente-cuerpo se vuelve un tanto arcaica para la aprehensión del ser y sus manifestaciones, ya que sabemos que el lenguaje de uno es la expresión de ambos. Los síntomas se manifiestan predominantemente en el cuerpo o en la psique y pueden ser reconocidos de manera consciente o no, es decir, el sujeto presenta o no conciencia de enfermedad. Se acude a esta separación consciente-inconsciente como una maniobra para soportar y manejar el conflicto.

La interrelación es profunda y en la clínica encontramos diferentes casos que inclinan la balanza hacia destinos diagnósticos y tratamientos diferenciales.

Tenemos al individuo que expresa conscientemente un sufrimiento emocional, miedo, tristeza, estrés, angustia, una idea que no logra evitar; dicho afecto se presenta acompañado de respuestas fisiológicas como: sudor en las manos, tensión muscular, taquicardia, dolor de estómago, etc. El origen puede ser múltiple,  pero el reconocimiento de componentes psíquicos en el trastorno corporal le permite al individuo encontrar durante el tratamiento mejores soluciones a su padecer.

 Otra opción es cuando el sujeto se muestra asintomático, es decir, no muestra signos evidentes de enfermedad pero tampoco se experimenta creativo y expresivo con su cuerpo, tal podría ser el caso de los bailarines y músicos atrapados en un bloqueo emocional,  desconocen la causa pero el cuerpo no les responde como desean, el cuerpo no consigue ser el vehículo de expresión para la comunicación de un mensaje consciente.

 Ante este padecer derivado de su condición física el individuo presenta sufrimiento psíquico y el sentimiento es que no logra sentirse pleno, lo cual generalmente conduce a una devaluación personal y cuestionamiento de capacidades, habilidades que deterioran la autoestima, pero difícilmente pueden generar conciencia de enfermedad y reconocer que debajo de este bloqueo emocional-corporal existe un conflicto que no le permite la libre expresión de su quehacer.

 Otra variante es la formación de síntomas manifiestos en el cuerpo, McDougall (1989) considera que se establece como una reacción para excluir el afecto consciente de la psique. Esta separación permite al sujeto evitar el sufrimiento psíquico pero la expresión del cuerpo empieza a palidecer. El cuerpo opta por aumentar, disminuir o alterar sus funciones o sistemas como una opción inconsciente para hacerle frente al conflicto en pro de su adaptación, la cual no siempre logra ya que muchas de estas afecciones se vuelven crónicas y mortales.  Como ejemplos tenemos las úlceras, neurodermatitis, colitis, hipertensión arterial, tirotoxicosis, artritis reumatoide, asma bronquial, entre otras.

 Otra alternativa de escenificación del conflicto en el cuerpo sucede cuando el individuo otorga de manera inconsciente un significado simbólico a una parte del cuerpo. Los trastornos que se observan son motores, sensitivos y sensoriales, como parálisis de piernas, convulsiones,  ceguera, engarrotamiento de un brazo, sensación de atragantamiento y alteraciones visuales. Pero a diferencia de la anterior ésta afecta su mundo de relaciones, es decir, su vínculo con el otro, y no se encuentra ninguna patología orgánica en el sistema nervioso central asociada al trastorno.  El salto entre una y otra es la representación mental que se elabora de manera inconsciente sobre el conflicto.

Estas diferentes manifestaciones dan cuenta de la unidad contundente entre psique-cuerpo y apuntan hacia un tratamiento integral.

El psicoanálisis busca los lazos inconscientes del conflicto, trabaja en integrar lo aparentemente disociado, usando para su investigación el lenguaje verbal y corporal, indaga el inconsciente con las asociaciones libres, los sueños, pensamientos, fantasías, afectos y actos del ser.

Los mensajes y dolores que atormentan al individuo, se re-significan y verbalizan para llegar a la representación del dilema, se busca darle nombre a los afectos, se analizan las “ganancias” de enfermar y los “costos” y se redistribuye la energía que el paciente invierte en sufrir.

 Una unión sin secretos entre psique y cuerpo, abre un espacio de creatividad, de expresión vital, donde el ser experimenta una vida emocional que hace vibrar su cuerpo, una gozosa vivencia de sí mismo.

 

BIBLIOGRAFÍA

Freud S (1905): Fragmento de análisis de un caso de histeria (Dora). En Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1990, vol. 7(pp.68)

Lartigue T. El cuerpo y el Psicoanálisis. México: Editores de textos Mexicanos. 2006.

McDougall Joyce. Teatros del cuerpo. Madrid. Ed. Julián Yébenes, S.A. 1989.

Pedro Boschan. Psicoanálisis Francés. Buenos Aires: Artículo publicado en la web portal AbdeBA. Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires. 2005.

 

 

Autor: Tania Estrada Palma

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